Luego de saludarme afectuosamente con aquella mirada que resultábame íntimamente familiar, comenzó a desvelar ininterrumpidamente todos su problemas en forma de lágrimas.
Me sentía incómodo, pues era yo quien había acudido al Maestro con el fin de encontrar la ayuda que necesitaba y me encontré con la sorpresa de tener que asumir el rol inverso; escucharlo a él, escuchar al Maestro y todos sus problemas, consolar su incesante llanto (que me resultaba igual de familiar que su mirada).
Fueron muchos los sentimientos encontrados al estar dentro del Maestro, muchas sensaciones indescriptibles. Me llamaba la atención la perfección con que todo estaba creado dentro de él: nada cuadraba, nada calzaba, elementos adversos convivían sin problemas. Era muy común ver a la Mentira desayunando con la Verdad, el Amor conversando con el Odio y así con muchas otras cosas.
Fue en ese momento cuando el Maestro me contó su verdad. Estaba loco, muy loco. Quería alejarse de las personas que quería por temor a hacerles daño. Quería evitar destruir su único anhelo de ser recordado como una buena persona, una persona diferente.. El estaba realmente loco.
Comenzó a hablarme sobre el paso del tiempo y lo inetivable que es que esto suceda.
Aún así, este loco Maestro logró aconsejarme de buena forma. Me hizo ver que siempre las culpas son compartidas y que nunca valoramos lo que realmente tenemos (frase cliche).
Y es que a veces un vacío en nosotros es necesario.. e incluso beneficioso.
Finalmente me sequé la cara y deje de mirarme frente al espejo, concluyendo que es increíble todo lo que podemos aprender estando con nosotros mismos.
Siempre seremos nuestros propios Maestros.
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